El otoño llega siempre con una fase de negación. Todavía quieres las ensaladas del verano, el tomate con sal gorda, el gazpacho a las doce. Pero el cuerpo empieza a pedir otra cosa: algo caliente, algo que pese un poco más, algo que no sea guiso de domingo pero tampoco lechuga. Este bowl es la respuesta a ese momento exacto. Calabaza asada, garbanzos crujientes, kale masajeado con sal y un aliño de tahini que lo ata todo. Se hace mientras escuchas un podcast. Lo estás comiendo antes de que acabe el primer episodio.

Lo probé por primera vez en casa de mi amiga Carmen, profesora de Gandía, que tiene esa costumbre de cocinar sin recetas y con lo que hay. Ese día había media calabaza en la nevera, un bote de garbanzos que estaba a punto de caducar y un manojo de kale que tampoco aguantaba mucho más. Puso todo en el horno, hizo el aliño de tahini con lo que tenía en la despensa y lo montó en un bol como si fuera evidente. Era evidente. Llevo dos años haciendo esta versión, que es casi la suya con algún ajuste.

Por qué los garbanzos tienen que estar crujientes

El garbanzo cocido directo del bote, sin secar, sin hornear, es una cosa muy distinta al garbanzo crujiente de horno. El primero es blando, húmedo, se esconde en el plato. El segundo tiene costra exterior que aguanta el aliño sin deshacerse, da algo que masticar, convierte el bowl en plato y no en sopa fría.

El truco es el secado. Escurres el bote, los extiendes sobre papel de cocina y los secas con más papel por encima. Cuanto más secos entren al horno, más crujientes salen. Si entran húmedos, se cuecen al vapor en lugar de tostarse y quedan blandos. Cinco minutos de secado previo cambian el resultado.

El garbanzo crujiente de horno es lo más parecido a los frutos secos tostados: puedes picotearlo solo antes de que llegue el bowl.

El aliño también importa: aceite de oliva, una cucharadita de comino molido, sal y pimentón ahumado. El pimentón ahumado sobre el garbanzo es uno de esos sabores que resultan más complejos de lo que sugieren los ingredientes. Si tienes pimentón de la Vera, mejor; si no, cualquier pimentón ahumado de supermercado funciona. Lo que no funciona es el pimentón dulce sin ahumar: aquí no encaja.

El kale y el gesto de masajearlo

El kale tiene fama de difícil y no es verdad. Es difícil crudo, sin más, cuando lo comes como si fuera lechuga: amargo, duro, con esa textura de hoja que no cede. Masajeado, es otra planta.

El masaje es esto: lavas las hojas, retiras los nervios centrales (el tallo grueso que va por el centro de cada hoja), las cortas en trozos grandes, las pones en el bol con una pizca de sal y unas gotas de aceite y las trabajas con las manos durante uno o dos minutos. Las estrujas, las aprietas, las retuercen un poco. Las hojas se oscurecen, reducen de volumen a la mitad y la textura pasa de rígida a suave. El sabor amargo se suaviza también. No desaparece, pero se vuelve agradable, más parecido a la espinaca que al brócoli crudo.

Si no encuentras kale, la espinaca fresca funciona bien aquí (no necesita masaje, solo un poco de sal y aceite). Las acelgas también, aunque tienen más agua y conviene escurrirlas un poco después de añadir la sal. Lo que no recomiendo es el kale congelado: pierde la textura crujiente que busca este plato.

La calabaza y el tiempo de horno

Para este bowl funciona mejor la calabaza cacahuete (la alargada, con cuello largo y barriga redondeada) o la moscada, que es la redonda y grande de piel verde grisácea. Las dos tienen carne densa y dulce que aguanta el horno sin deshacerse. La calabaza naranja decorativa de Halloween, si es lo que tienes, también funciona aunque es más acuosa y queda algo menos intensa de sabor.

La clave es cortarla en rodajas de un centímetro y medio, con la piel incluida. La piel de la calabaza cacahuete se ablanda en el horno y se come sin problema; retira solo los extremos y las pepitas. Aliña con aceite, sal y pimentón, y hornea 25 minutos a 200 °C sobre bandeja con papel. Las rodajas tienen que quedar doradas por los bordes: ahí está el azúcar natural de la calabaza caramelizado, y ese caramelizado es lo que las hace tan buenas.

No las amontones en la bandeja: si van encima unas de otras, se cuecen al vapor en lugar de asarse. En una bandeja grande con espacio entre ellas, en una capa, salen perfectas.

El aliño de tahini que lo une todo

El tahini es pasta de sésamo. Hay blanco (de sésamo pelado, más suave y cremoso) e integral (de sésamo entero, más amargo y oscuro). Para este aliño el tahini blanco: el integral domina demasiado y aplasta los sabores de la calabaza y el kale.

El aliño se hace en un bol pequeño o en un vaso: dos cucharadas de tahini blanco, el zumo de medio limón, una cucharada de agua, un diente de ajo rallado muy fino (o media cucharadita de ajo en polvo si prefieres algo más suave) y sal. Se remueve hasta que emulsiona y queda una salsa espesa. Si está demasiado espesa, añade agua de cucharada en cucharada hasta que cae en hilo. Si está demasiado líquida, más tahini.

El ajo rallado es el ingrediente que más discuto con mi madre, que lo suprimiría sin dudar. Ella lo hace sin ajo y está bueno igual, pero yo creo que sin él el aliño es demasiado anodino. Con ajo tiene ese punto que obliga a repetir. Tú decides.

Al servir, el aliño va en hilo sobre el conjunto montado. No lo mezcles todo desde el principio: si el aliño se integra antes de comer, el kale se ablanda demasiado y los garbanzos pierden el crujiente. Monta el bowl, añade el aliño en el momento y come enseguida.

Cómo montarlo

Kale en la base del bol. Encima, las rodajas de calabaza (en abanico o simplemente apiladas, como quieras). Los garbanzos crujientes por encima. El aliño en hilo. Un toque final de zumaque en polvo o limón rallado, si tienes: la acidez despierta todos los sabores del plato de una manera que no consigue ni la sal ni el aceite.

El zumaque es una especia de origen levantino que tiene un sabor ácido y frutal, parecido al limón pero más suave. En España se encuentra en tiendas de alimentación árabe y en algunas herboristerías. Si no tienes, el rallado de limón hace el mismo trabajo.

Se come tibio, no caliente ni frío. La calabaza recién salida del horno, los garbanzos también, y el kale a temperatura ambiente: esa combinación de temperaturas es parte de lo que hace bueno al bowl. Si tienes que esperar, calienta solo la calabaza y los garbanzos antes de montar; el kale no necesita calor.

La versión rápida del martes

Si no tienes cuarenta minutos, hay una versión abreviada que funciona para cuando llegas tarde y el hambre ya no espera. Asa solo los garbanzos (veinte minutos) mientras preparas el kale y el aliño. En lugar de calabaza asada, usa boniato cocido en el microondas: córtalo en trozos, envuelve en film con un chorrito de agua y cocina ocho minutos a máxima potencia. Queda menos caramelizado que el de horno pero sigue siendo dulce y consistente. Total: veinte y cinco minutos y el plato está en la mesa.

Carmen, la de Gandía, me manda fotos de su versión cada vez que la hace. Siempre le añade algo nuevo: tahini negro una vez, chalotas encurtidas otra, granada en temporada. Yo me quedo con la versión original. Hay recetas que ya son lo que tienen que ser. Para el fin de semana, cuando hay más tiempo, la tarta de lavanda y miel de la misma cocina tiene esa misma filosofía: pocos ingredientes con presencia propia.


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  • Cocotte de hierro fundido 26 cm · Le Creuset · 236,99 € No hace falta para esta receta, pero sí para el guiso largo de cuando tienes tiempo. Una pieza que entra en el horno y en la mesa.

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