Eurovision me parece lo más honesto que le pasa a la moda una vez al año.
Me explico. En la pasarela, la ropa tiene excusa: es arte, es concepto, es temporada. En la calle, la ropa tiene otra excusa: es práctica, es precio, es lo que había. En Eurovision no hay excusa posible. La ropa es exactamente lo que la persona (o el estilista, o el equipo, o el sello discográfico con opinión) cree que va a funcionar en tres minutos de actuación en directo ante doscientos millones de personas. La honestidad de ese cálculo es brutal.
Y con esa honestidad brutal, hay dos tipos de apuestas: las que funcionan y las que, el lunes siguiente, están siendo picadas en trozos de dos segundos en redes.
Este año el festival es en Basilea (el año pasado ganó Suiza, contra todos los pronósticos, y aquí estamos). El escenario es el habitual: cuatro minutos de vida televisiva, la posibilidad de ser recordada para siempre o de no ser recordada en absoluto. Repasamos lo que nos ha parecido digno de atención, lo que nos ha parecido un error de cálculo, y lo que directamente no sabemos qué era.
Lo que va a durar más de una semana
La apuesta más interesante de este año, a nivel estilismo, no es la más espectacular. Es la que tiene algún tipo de coherencia interna: la ropa que parece haber sido pensada antes de la actuación, no como emergencia de última hora ni como directiva de la marca patrocinadora.
Loreen en 2023 marcó el estándar moderno del outfit de Eurovision que traspasa la noche: negro estructurado, silueta limpia, nada que distraiga de la voz. Antes de ella, la memoria colectiva del concurso estaba llena de vestidos que brillaban en el escenario y parecían disfraces de Halloween al día siguiente.
Lo que hereda ese estándar este año son los estilismos que juegan con silueta sobre el volumen, con texturas que se ven desde lejos sin volverse ruido, con color que tiene lógica más allá del impacto inmediato. El negro, el blanco roto y los metalizados de calidad media-alta (no el poliéster barato que pierde el brillo en el segundo movimiento brusco) son los que más probabilidades tienen de aparecer en un reportaje de tendencias en septiembre.
Lo que será meme antes del domingo
Aquí hay que hablar del problema estructural del concurso: la televisión española tiene una relación con el estilismo musical que es, como mínimo, peculiar.
No me refiero a los artistas, que a menudo llegan con ideas propias y criterio. Me refiero al proceso colectivo de aprobación por el que pasa un estilismo antes de llegar al escenario, que a veces produce resultados como los que vimos en 2022 o como los que seguimos viendo en los formatos de espectáculo de prime time. La tendencia a añadir una capa extra, a meter un accesorio más, a poner el volumen a once cuando ya estaba en diez, es la responsable de la mayoría de los looks que no sobreviven al fin de semana del festival.
El error de cálculo más habitual: creer que más es más. En un escenario grande, el ojo de la cámara simplifica. Un estilismo con veinte elementos compite con sigo mismo. Un estilismo con cinco elementos bien pensados llega. Este año hay al menos tres actuaciones que han caído en esa trampa y que van a producir, previsiblemente, capturas de pantalla que circulen más que la canción.
Esto no es moda. Es performance. Y la diferencia importa aunque nadie lo diga.
Las tendencias que Eurovision confirma
El concurso tiene una doble vida en términos de tendencia. Por un lado, amplifica lo que ya está: los looks que funcionan en Eurovision son los que ya están funcionando en el mercado, escalados al máximo. Por otro lado, el concurso también confirma, con un retraso de dieciocho meses aproximado, lo que la alta moda había decretado temporadas antes.
Este año, lo que Eurovision confirma sin quererlo: los hombreros estructurados han vuelto a tener momento de vida, las plataformas siguen siendo la opción por defecto para ganar altura escénica sin perder estabilidad, y el corsé como top (no como lencería, como prenda exterior) sigue teniendo tracción aunque ya no sea noticia.
Lo que no confirma: el maximalismo joyero. Las piezas de bisutería que parecían augurar una vuelta a los excesos de los ochenta se han quedado en las fotos de rodaje y no han llegado a los platos de semifinales. Buena señal, en mi opinión.
Lo que me ha gustado sin poderlo racionalizar bien
Hay un estilismo este año que no sé si es bueno o malo y me ha dado vueltas en la cabeza desde que lo vi. No voy a decir quién es porque en el momento en que esto se publique puede que ya esté en la final o puede que haya quedado eliminado en semifinales, y en ninguno de los dos casos quiero que la prenda se convierta en símbolo de victoria o de derrota.
Lo que sí puedo decir es que era plateado, asimétrico, con un hombro descubierto que de algún modo no resultaba evidente, y que la persona que lo llevaba lo llevaba con la convicción suficiente como para que el estilismo funcionara aunque probablemente en otro cuerpo o con otra actitud no lo habría hecho. Eso es lo mejor que puede decirse de una prenda de escenario.
Lo que Eurovision enseña aunque nadie lo llame clase de moda
He visto muchas ediciones. Desde que era pequeña, desde que la veía como espectáculo y antes de que tuviera una sola opinión formada sobre ropa. Y lo que he ido aprendiendo con los años es que Eurovision es una máquina de separar lo que dura de lo que no.
No en términos de calidad objetiva —eso no existe, o si existe nadie se ha puesto de acuerdo en la fórmula. Sino en términos de qué tipo de apuesta aguanta el paso del tiempo. Los looks que recordamos diez años después tienen casi siempre algo en común: una silueta limpia, una decisión de color tomada de verdad, y una persona que no se disculpa por la ropa que lleva. Las mismas razones que explican qué prendas no envejecen se leen en el escenario de Eurovision con especial brutalidad. Los looks que quedan en el meme tienen lo contrario: demasiados elementos compitiendo, un color que parece accidente y alguien que lleva la ropa con cierta duda.
Eurovision también enseña que la moda de escenario no es moda de calle escalada, como a veces se piensa. Es otra disciplina. En la calle, una prenda puede ser interesante aunque quien la lleva esté distraída, cansada o mirando el teléfono. En el escenario, la prenda y el cuerpo son inseparables: o van juntos o ninguno de los dos funciona. Eso hace que las prendas de escenario sean brutalmente honestas respecto a si la persona y la ropa se merecen mutuamente en ese momento. La mayoría de las veces sí. A veces, con dolorosa claridad, no.
Y eso, aunque no lo llame nadie lección de moda, es la lección más útil que el concurso da año tras año.
Hala, pues nada. El lunes ya sabemos.