Lo personal sigue siendo político. Y cuando una mujer de cuarenta y tres años, sin hijos propios, con diecisiete sobrinos, aparece en la prensa española como figura de interés cultural recurrente, hay algo ahí que merece análisis más allá de la anécdota y del titular amable.
Tamara Falcó es hija de Isabel Preysler y de Carlos Falcó, marqués de Griñón. Es, también, hermana de Álvaro, Ana, Manuel y Jorge Vargas, y de Chabeli, Enrique e Julio Iglesias Preysler, dependiendo de qué rama de la familia se cuente. En total, diecisiete sobrinos, una cifra que en la España de la tasa de natalidad más baja de Europa suena casi a noticia en sí misma. Y es marquesa de Griñón por herencia, lo cual añade una capa de complejidad simbólica a su función en el ecosistema familiar que no es irrelevante.
Pero lo que me interesa hoy no es el inventario de la familia Preysler-Falcó sino lo que Tamara encarna estructuralmente: la tía en la familia numerosa española. Esa figura que no tiene nombre propio en la sociología de la familia pero que, en la práctica, funciona como segundo núcleo de afecto, como red de seguridad emocional, como repositorio de la memoria compartida, como la persona que puede hacer lo que los padres no pueden hacer porque los padres están demasiado dentro de la estructura de autoridad para hacerlo.
La familia numerosa española: estructura de red, no de árbol
La sociología de la familia española de las últimas décadas ha tendido a analizar el declive de la familia numerosa como fenómeno puramente demográfico: caída de la natalidad, incorporación de la mujer al mercado laboral, cambio en los modelos de pareja. Todo eso es real. Pero hay algo que ese análisis no siempre captura: en las familias donde la tradición de número alto de hijos se mantiene, sea por convicción religiosa, cultural o simplemente por repetición de patrones, la estructura de red que se genera es cualitativamente diferente a la de la familia de uno o dos hijos.
Pilar Díaz Herrero, socióloga de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, lleva años estudiando los modelos de cuidado informal en familias extensas españolas. Su diagnóstico es preciso: "Las familias con cuatro o más hijos generan automáticamente una segunda generación de cuidadores que no son los padres. Los tíos, en esas estructuras, no son figuras secundarias: son nodos alternativos de afecto y apoyo que los sobrinos utilizan de manera diferente a como utilizan a los padres. La tía especialmente, en el modelo cultural español, cumple una función que podríamos llamar de 'madre sin autoridad', lo cual la hace especialmente accesible para los sobrinos en momentos de conflicto con los progenitores."
Esto que la sociología llama "madre sin autoridad" es lo que cualquier persona que tenga tías en sentido pleno reconocerá inmediatamente: la tía es la que no manda pero que también importa. La que puede decir lo que la madre no puede decir porque dice lo mismo pero sin las consecuencias de la relación de autoridad. La que recuerda anécdotas de la madre cuando era joven y las cuenta en el momento preciso en que el sobrino más las necesita.
Tamara como caso cultural: el epicentro sin prole propia
Tamara Falcó lleva casada con Íñigo Onieva desde 2023. No tienen hijos en el momento de escribir este artículo. Y sin embargo, su presencia pública está constantemente atravesada por la familia: eventos con sobrinos, declaraciones sobre la importancia de los lazos familiares, una manera de hablar de la familia extensa que revela hasta qué punto la identidad de Tamara está construida sobre esa red.
Lo que esto sugiere, y que la prensa rosa raramente articula porque le interesa más el vestido que la estructura, es que Tamara ha construido una identidad de tía-epicentro en una familia donde la maternidad propia no es (todavía, o quizá nunca) el eje identitario principal. Y que eso no es una carencia sino una configuración. Una manera de estar en la familia que tiene su propia lógica y su propio valor, aunque la narrativa cultural dominante tienda a verla como un estado provisional en espera de la maternidad "real".
Bajo la promesa hay siempre una factura. Y la promesa que la cultura hace a las mujeres sin hijos propios pero con sobrinos es que esa posición es transitoria, incompleta, un ensayo de algo que llegará después. La factura de esa promesa es que invisibiliza una forma de vínculo afectivo que, para muchas mujeres, es tan central y tan nutritivo como la maternidad biológica o adoptiva. A veces más.
Pilar Díaz Herrero señala algo que conviene no pasar por alto: "El modelo de 'tía de referencia' tiene correlatos en todas las culturas y en todos los periodos históricos. En la España preindustrial, la tía soltera que vivía en casa de los hermanos y que contribuía al cuidado de los sobrinos era una figura económica y afectivamente central. Lo que ha cambiado no es la función sino el contexto: hoy esa mujer tiene autonomía económica, vida propia, y su función en la familia es elegida, no impuesta. Eso la transforma completamente."
Los diecisiete sobrinos: la logística del afecto a escala
Diecisiete sobrinos no es una abstracción sentimental. Es una logística.
Recordar cumpleaños de diecisiete personas, con las edades distribuidas probablemente entre los recién nacidos y los veintipocos, requiere un sistema. Mantener vínculos individuales con cada uno (no colectivos, sino individuales, que es lo que distingue a una tía de referencia de una pariente que aparece en Navidad) requiere tiempo e intención. Saber qué le pasa a cada uno, qué le importa, qué está atravesando en ese momento específico: eso es trabajo emocional real, invisible, no remunerado, que en las familias lo hacen casi siempre las mujeres.
Lo personal sigue siendo político, y esto también lo es. El trabajo emocional de la familia extensa, ese trabajo de tejer y mantener los lazos que hacen que una familia sea una red y no simplemente un conjunto de individuos relacionados biológicamente, cae de manera desproporcionada sobre las mujeres. Las tías, las abuelas, las madres: son ellas las que recuerdan, las que llaman, las que organizan las cenas de Navidad, las que saben que el sobrino del medio está pasando por un momento difícil aunque nadie se lo haya dicho explícitamente.
Tamara Falcó, en este sentido, es un caso de visibilización accidental de algo que en la mayoría de las familias ocurre en total invisibilidad. Que sea famosa hace que su función de tía sea pública. Pero la misma función la están ejerciendo ahora mismo, en este momento, miles de mujeres españolas sin ninguna cobertura mediática.
Maternidad extendida: el concepto que la demografía necesita
La demografía española tiene un problema conceptual que los sociólogos llevan años señalando sin demasiada fortuna: mide la maternidad solo en hijos propios. Eso hace que las estadísticas sobre "mujeres sin hijos" incluyan en el mismo grupo a mujeres que han elegido no tener vínculos de crianza de ningún tipo y a mujeres que son tías de referencia de cinco, diez o diecisiete sobrinos, que han cuidado intensivamente a otros niños, que son figuras afectivas centrales para varias generaciones de su familia.
El concepto de "maternidad extendida" (o, en términos más precisos, de "cuidado generacional no biológico") empieza a aparecer en la literatura sociológica anglosajona pero tiene poca penetración en España. Pilar Díaz Herrero trabaja en esa dirección: "Necesitamos métricas que capturen el trabajo de cuidado real, no solo el que se hace dentro del núcleo biológico inmediato. Cuando una tía lleva a sus sobrinos al médico, los recoge del colegio en las emergencias, está disponible emocionalmente de manera sostenida: eso es trabajo de cuidado. Que no aparezca en ninguna estadística es un problema metodológico que tiene consecuencias políticas."
Las consecuencias políticas son concretas: las políticas de conciliación en España están diseñadas para padres y madres biológicos o adoptivos. Las tías de referencia, las abuelas cuidadoras, las "madres sin autoridad" de la red familiar: no existen en el sistema legal de permisos de cuidado. Existen en la práctica, cargan con el trabajo, y son invisibles para la ley.
La tía no tiene la autoridad de la madre pero a veces tiene su confianza, que es una forma de autoridad diferente y a veces más profunda.
El heirloom afectivo: lo que la tía transmite que los padres no pueden
Hay una función de la tía en la familia extensa que la sociología llama "transmisión lateral" y que en el lenguaje corriente podríamos llamar "el heirloom afectivo": los objetos, las historias, los saberes que pasan de la tía a los sobrinos sin pasar por los padres.
Los padres transmiten verticalmente: autoridad, normas, expectativas, la forma de hacer las cosas que se considera correcta en esa familia. La tía transmite de otra manera: sin la carga de la autoridad, puede contar la historia de la madre cuando tenía veinte años y lo hacía todo mal. Puede enseñar algo que los padres no saben hacer. Puede estar presente en el fracaso del sobrino sin que ese fracaso amenace la estructura de autoridad de la familia.
En las familias numerosas españolas donde este modelo funciona bien, la tía de referencia es la persona a quien el sobrino llama cuando no puede llamar a sus padres. No porque los padres sean malos padres, sino porque hay cosas que no se pueden decir verticalmente y sí se pueden decir lateralmente. Esa función no tiene nombre en el sistema, pero quienes la han tenido saben exactamente de qué estamos hablando.
Lo personal sigue siendo político. Y reconocer esa función, nombrarla, analizarla sin romantizarla: eso también es político. Tamara Falcó, marquesa de Griñón, tía diecisiete veces, nos da la excusa. El análisis es nuestro.
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